viernes, 5 de mayo de 2023

La mujer en el cristianismo primitivo

Las mujeres llevaban a cabo una importante labor apostólica y su fe es destacada por San Pablo e incluso por autores paganos

En ocasiones se oye que las mujeres estaban discriminadas entre los primeros cristianos. Esta acusación no es consistente ya que más bien lo que ocurre es lo contrario,  sobre todo teniendo en cuenta el rol que tenía la mujer en aquellos  momentos en la sociedad y en imperio romano.

Cabe destacar  las numerosas menciones que San Pablo hace en sus cartas a diversas mujeres (citando incluso sus nombres) para destacar sus esfuerzos en la labor de predicación del Evangelio o agradecerles algún servicio prestado a él o a la  comunidad: 

Claudia, Cloe, Apfia, Evodia, Síntique, Ninfas…

Al ser preguntado por la cuestión del papel de la mujer en el cristianismo primitivo, el profesor Domingo Ramos-Lissón explica lo siguiente:

"Se puede decir que el trabajo apostólico de las mujeres en la Antigüedad cristiana tuvo una importancia extraordinaria. Un índice de la relevancia que tuvieron es la crítica que manifestaron por este motivo  algunos paganos ilustres, como Plinio, Celso y Porfirio, que hacen un derroche de ironía contra el cristianismo, al reconocer la rápida profusión de conversiones entre las mujeres.

Desde los orígenes cristianos, la mujer desempeña un papel insustituible en la difusión evangélica. Un ejemplo, podía ser el de Priscila, que evangeliza a Apolo, según nos narra S. Lucas (Hch 18, 26). 

Clemente de Alejandría describe el papel de estas cristianas, que ayudaban a los primeros Apóstoles y que son las únicas que pueden entrar en los gineceos, servir de intermediarias y llevar a esas estancias la doctrina liberadora del Señor (Stromata, III, 6, 53).

En la literatura apócrifa cristiana encontramos los Hechos de Pablo y Tecla, que son una especie de novela histórica del siglo II, cuyo anónimo autor narra el protagonismo de Tecla y la presenta como la evangelista del Apóstol entre las mujeres.  
Los ejemplos podrían multiplicarse”.

Además, el número de mujeres santas, mártires y vírgenes, de los primeros siglos es impresionante: las santas Felicidad y Perpetua, Santa Inés, Santa Águeda, Santa Lucía, Santa Cecilia... 
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Todo ello sin olvidar a tantas mujeres desconocidas, como el caso de muchas viudas, que desde los tiempos apostólicos formaban un «orden» y atendían a los ministerios con mujeres. 

El propio Benedicto XVI   quiso cerrar su ciclo de catequesis sobre los testigos del cristianismo naciente con una audiencia dedicada a "las mujeres al servicio del Evangelio" (14 de febrero de 2007). 


Fuentes digitales:
http://www.primeroscristianos.com/index.php/temas/item/1826-la-mujer-en-el-cristianismo-primitivo

jueves, 6 de abril de 2023

Jueves santo: AMOR DE VERDAD

El gesto de lavarnos los pies unos a otros. Jesús lava a los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. Jesús -Dios- ha hecho esto. Y Él mismo lo explica a los discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. 

Es conmovedor. Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “yo estoy a tu servicio”. Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. 


A veces estoy enfadado con uno, o con una... pero... olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Jesús amó a los suyos "hasta el extremo", nos dice el evangelista Juan. Este amor lo demuestra lavando los pies a los apóstoles. Es el único evangelista que no relata la institución de la Eucaristía. No hacía falta.....El gesto del lavatorio lo dice todo. Demuestra que ha venido a servir y no a ser servido, está dispuesto a dar la vida por todos.

Sacramento de amor y de unidad. La Eucaristía es memorial (actualización) de la muerte y Resurrección de Cristo, sacrificio de la Nueva Alianza y sacramento de amor y de unidad. Cada vez que la celebramos proclamamos la muerte y la Resurrección de Jesucristo, como dice la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. 

La Alianza del Pueblo de Israel es el anticipo de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Pero creo que hoy debemos resaltar que la Eucaristía nos une en el amor y nos da fuerza para transformar este mundo desde el amor. Nadie tiene tantos y tan buenos motivos como el cristiano para amar a todos. 

Debemos ser portadores de amor en todo encuentro humano que mantengamos. Y puesto que el amor ofrecido provoca un amor correspondido, el encuentro siempre se convierte en oportunidad de gracia para nuestro interlocutor. 

El amor cristiano es agapé, es decir amor gratuito y desinteresado, que no exige nada a cambio. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y a su esencia. El cristiano tiene que luchar por la justicia, por el orden justo de la sociedad. 

El amor-caridad siempre será necesario incluso en una sociedad más justa. Siempre es necesaria la atención personal, el consuelo y el cuidado de la persona. Los que dedican su tiempo a los demás en las instituciones caritativas de la Iglesia deben “realizar su misión con destreza, pero deben distinguirse por su dedicación al otro, con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad” (Benedicto XVI; “Dios es amor”, nº 31). El necesitado, pobre en todos los sentidos, tiene nombre y apellido, no es un número, necesita que le escuchen y, sobre todo, que le quieran.
                                                                                                  
Por José María Martín OSA
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