viernes, 8 de mayo de 2026

La Paz. Equivale la paz a la felicidad?

Han comenzado a marcar las puertas de las casas
con el símbolo de la letra del
alfabeto árabe ن, 
que hace mención
 a la palabra "nazareno"
,
Una forma de designar a los cristianos...
Un buen amigo me preguntaba hace poco por la paz: “¿qué es verdaderamente eso que llamamos paz?”. Al principio le contesté lo primero que se me  vino   a la  cabeza,   sin pensar  mucho  la respuesta: “aquello que buscan con más o menos claridad   todas las naciones, todas  las  familias, todas las personas”. Luego, tras  reflexionar  al respecto con calma, concluí que se trata de algo más complejo. Y, de alguna manera, más sencillo también.

Parece claro que existen dos tipos de paz: la exterior y la interior. La primera hace referencia a la ausencia de guerras, a la supresión de conflictos, venganzas y odios. A la armonía entre pueblos y comunidades, a la calma social. En cambio, la interior resulta más difusa. O, si se quiere, más difícil de definir. Existen incontables religiones, creencias y filosofías que apuestan sobre un modo concreto para llegar a la paz. Unas la consideran el resultado del fin de los sentimientos; otras, el fruto de liberar la mente de todo deseo; y existen filosofías, a su vez, que la encuadran en el marco del placer o de la simple serenidad. Los cristianos, por nuestra parte, terminamos por radicar la paz en una Persona: Jesucristo.

Al menos inicialmente, nos cuesta aceptar algo así. Que la solución a nuestras ambiciones, frustraciones e inconformidades tengan un nombre propio, y además el del mismísimo Hijo de Dios Padre, se nos puede antojar una idea demasiado etérea, abstracta e incluso inalcanzable. Sobre todo si consideramos que todos los días tenemos la oportunidad de tocar y albergar en nuestro cuerpo -gracias al sacramento de la Eucaristía- a dicha Persona. ¿No es casi paradójico que aquello que nuestro corazón ansía con tantas fuerzas se encuentre en cualquier iglesia de cualquier país?



¿Equivale la paz a la felicidad? No lo creo. Tal vez la paz sea una consecuencia de la felicidad. Para los católicos, Cristo es la respuesta definitiva a nuestras inquietudes más recónditas, y, cuando lo encontramos, Él nos otorga la dicha máxima y la paz verdadera. Encontrarnos con Jesucristo nos trae, irremediablemente, la paz.

Decía sobre estas líneas que la paz, pese a ser una meta que cuesta obtener, es al mismo tiempo algo sencillo: no puede consistir en la suma de muchas consideraciones, como si se tratara de una enorme y críptica ecuación matemática. Alcanzar la paz equivale a alcanzar un estado de tremendo equilibrio y simplicidad, en mi opinión.

No hay paz sin perdón, así de simple. Desde el pecado original, los seres humanos estamos marcados por las imperfecciones, por los errores, por el mal. Si queremos la paz, hemos de estar dispuestos a dejar que Dios lave nuestras miserias, y a perdonar aquellas que advertimos en el prójimo. Ese prójimo que es, de hecho, Cristo mismo.


Juan Pablo II dejó escritas muchas reflexiones sobre la paz. Aquí una de ellas, que sirve perfectamente a modo de resumen de lo expuesto anteriormente: “En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la guerra, testimoniad que Él y sólo Él puede dar la verdadera paz al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la tierra. Esforzaos por buscar y promover la paz, la justicia y la fraternidad. Y no olvidéis la palabra del Evangelio: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9)”.

De la entrevista hecha al Santo Padre Francisco


 Publicado en la Revista Allah Mahabba Año XV. N° 45. Marzo/2015.Edición impresa.

viernes, 1 de mayo de 2026

El Icono de la Samaritana: Jesucristo y su pedagogía con cada uno de nosotros”

De todos es de sobra conocido el texto evangélico de la Samaritana (Jn 4). Un texto sumamente sugerente y confeccionado con gran inteligencia por el evangelista San Juan. Sabemos que se trata de un diálogo ejemplarmente pedagógico, a través del cual Jesús pretende guiar a la samaritana al reconocimiento de su verdad y de la grandeza del Dios que se le está regalando y que ella aún es incapaz de ver. 

El Icono de la Samaritana reproduce muy bien la pedagogía que Jesús lleva con cada uno de nosotros si nos acercamos al pozo.

El lugar donde Jesús “espera” está marcado por esos dos elementos que reúnen en un mismo símbolo (el pozo) las dos esferas complementarias de la vida del hombre: el agua que sacia la sed del cuerpo, y la salvación o elección divina, que sacia la sed del alma. El lugar ya es una instigación contra el dualismo.

Jesús se planta en ese punto o eje cardinal del camino. Su intención no es solo la de descansar, sino la de poder ofrecer el agua verdadera que puede saciar la sed en el camino de la vida.
Sería muy importante que cada uno identificase cuál es ese “pozo” donde se dirige para sacar el agua que –al menos momentáneamente- pueda saciar su sed.
 

La Persona escogida, también lleva una carga simbólica profunda: una mujer samaritana (en cuanto samaritana “excluida” del pueblo Elegido – y en cuanto mujer despreciada por la sociedad – y desconocedora de su propia dignidad y sed). El reto de Jesús aquí será triple y, por lo tanto, más complicado: rescatar a la persona en esa triple dimensión relacional que la constituye en relación con los otros, consigo misma y con Dios. Y todo el diálogo parece seguir esa pauta: la llevará a ir superando esa triple barrera que dificulta el encuentro y la apertura a la verdad.

Cualquiera puede llegar a identificarse con esta mujer. Hay muchos elementos que, en el fondo, nos tocan a todos: sentirnos excluidos por algo, no aceptar nuestra historia, nuestra búsqueda continua de satisfacciones, nuestro permanecer encerrados en conceptos sobre Dios, o en tradiciones, normas, costumbres….nuestra búsqueda de seguridades, miedos, etc….