sábado, 28 de marzo de 2026

Semana de las Palmas

La sexta y última semana de Cuaresma se llama “Semana de las Palmas”, precedida por el “Sábado de Lázaro”, que  narra el episodio del evangelio según San Juan.
Esta semana será central porque se manifiesta el último gran milagro de Jesús. 
Jesús comienza su viaje hacia Betania, cuando se entera que su amigo ha muerto. El centro de atención es Lázaro, su enfermedad, su muerte y el dolor de sus allegados, y la compasión que siente Cristo ante estos acontecimientos.

El nombre de Lázaro significa “Dios es nuestro auxilio”. El amor por cada hombre que sufre, muere y el cariño a sus seres queridos que sienten la pérdida. La liturgia bizantina de la semana anterior nos recuerda el proceso.

    El lunes se anuncia a Jesús la enfermedad de su amigo: “Señor, cuando tú estabas cerca del Jordán, anunciaste que la enfermedad de Lázaro era para Tu Gloria. ¡Oh Jesús, nuestro Dios, damos gloria a la magnificencia de tus obras, y a tu omnipotencia, porque has abatido la muerte con la abundancia de tu misericordia, ¡Oh amigo de los hombres!”.
    El martes escuchamos: “Ayer y hoy, de la enfermedad de Lázaro, dan la noticia los mensajeros  de las hermanas a Jesús. Oh Betania, prepárate con alegría a hospedar al Soberano y Rey, para aclamar con nosotros: ¡Señor, Gloria a ti!”.
    El miércoles: “Hoy Lázaro muere y es sepultado, y sus hermanas cantan con lamento, pero tu, oh Cristo, que todo lo sabes de antemano, has anunciado el acontecimiento, diciendo a los discípulos: "Lázaro se ha dormido, pero ahora voy a despertar a aquel que yo he plasmado". Todos nosotros aclamamos a pesar del temor: ¡Gloria a tu Potencia y Fuerza!”.
    El jueves: “Hoy es el segundo día de la muerte de Lázaro, y sobre él caen las lágrimas del dolor de sus hermanas María y Marta, esperando al lado de la piedra del sepulcro, llega el Señor con sus discípulos para expoliar a la muerte, regalándole la vida. A él aclamamos: ¡Gloria a ti!”.
    El viernes: “Dos de los discípulos hoy son enviados a tomar el asno para el Soberano de todo: "verá sobre sí a aquel que ha sido antes portado por multitud de serafines"; y comienza a espantar a la muerte dominadora el mundo, que ya ha depredado a Lázaro, de la estirpe de los mortales”.

El icono de la Resurrección de Lázaro
 





Llegado el sábado, la celebración de la liturgia, se presenta junto al “Domingo de las Palmas”. 
En el icono, Jesús se sitúa en el centro. Está de pie y vestido de túnica roja (símbolo de la divinidad) y manto azul (símbolo de la humanidad): Cristo es Persona divina encarnado. Esto lo reafirma cuando alza su mano indicando el lugar del sepulcro de su amigo, con sus tres dedos extendidos (tres personas y un solo Dios) y su doble naturaleza (humana y divina), uniendo el pulgar y el anular (una sola Persona).
Vemos como ya la mera representación nos indica lo principal del dogma cristológico: una sola Persona, y esta divina, con dos naturalezas, verdadero Dios y verdadero hombre.
Lleva el galón dorado de la unción del Espíritu Santo y de sacerdote: Él es el Sumo y Eterno Sacerdote y el Cristo. En su otra mano porta el rollo, signo de la profecía, ya que este poder sobre la muerte viene anunciado por los profetas.
Sobre su cabeza el nimbo dorado cristiforme, con las palabras: “Yo Soy”. De modo que el Nombre de Dios revelado a Moisés (Ex 3, 14) hoy se explicita en Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Resuena las palabras de Jesús cuando alude a la zarza: “es un Dios de vivos y no de muertos”. El semblante de Jesús es la síntesis de varios momentos: Jesús se conmovió en su espíritu (Jn 11, 33); Jesús se echó a llorar (Jn 11, 35); Jesús levantando los ojos al cielo oró a su Padre (Jn 11, 41). El rostro de Jesús expresa todas estas circunstancias.

A cada lado del Salvador se sitúan dos grupos de hombres. A su derecha, los discípulos del Señor y, a su izquierda, los que han ido a dar el pésame a las hermanas de Lázaro. Ambos lados sitúan a Jesús como el centro de la salvación, como el Germen de la Vida, aquellos que se sitúan a su derecha son los que le siguen, los de su izquierda los que le albergan en su corazón el odio.
El grupo de los discípulos viene encabezado por Pedro. Pedro está justo detrás del Maestro y le señala con su mano, indicándonos que es Él el verdadero Señor de la vida y de la muerte. Todos los discípulos se agrupan, de modo que nos indica que estos están dispuestos a adquirir esta vida de Jesús, como un solo cuerpo, una sola Iglesia, que conserva estos misterios. Su cara es de sorpresa, todos miran a Jesús.
El grupo de la izquierda son aquellos que han ido a visitar a Marta y María, para darles sus condolencias. Los rostros de estos expresan estupefacción, asombro y odio. Fueron muchos los que creyeron del Él (Jn 11, 45). Otros, los sumos sacerdotes y los escribas y fariseos temen que crean en Él (Jn 11, 47-48). En algunos iconos de la Resurrección de Lázaro se representa a uno de ellos señalando. Es Caifás, el sumo sacerdote ese año. Señala diciendo: “No entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera” (Jn 11, 49-50). Esto lo dijo en profecía, nos señala al Cordero de Dios en favor de los hombres. Dentro de este grupo hay uno de ellos que se tapa la nariz.
  
El segundo personaje principal del icono es Lázaro que ya está fiera de la tumba, con lo ojos abiertos. Su mortaja de vendas es blanca, indicando la nueva vida: la resurrección. A su lado están tres personajes. Uno que se tapa la nariz y la boca, indicando aquello que le dijo Marta a Jesús: “Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días” (Jn 11, 39). Cristo está dispuesto a eliminar de toda la creación cualquier signo de corrupción. El segundo está quitando la losa que cubre el sepulcro y, el tercero, quita los vendajes del muerto. Estos dos últimos son los únicos personajes que no miran a Jesús y que nos miran a nosotros. Son los que testifican que el acontecimiento es algo real y cierto y nos dan testimonio.

Los últimos personajes son Marta y María, que están a los pies de Jesús. Con sus manos veladas, adoran al Señor de la vida y reconocen que en su encarnación reside el misterio del “Dios-con-nosotros”. Una mira el rostro de Jesús, arrodillada, mira hacia arriba, sabiendo que viene de parte de Dios: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). La otra, María, se arroja a los pies de Jesús y le lava los pies con sus lágrimas. Son las dos posiciones de la oración: la que alza la mirada para reconocer los signos de Dios, y la petición humilde, para que el Señor intervenga. Ambas recuerdan a la imagen de Eva del icono de la bajada a los infiernos, símbolo de la Iglesia en súplica y oración, esperando la resurrección de los muertos.

Para acabar esta descripción, puede observarse el marco de esta escena en dos aspectos: la ciudad amurallada y la gruta entre dos montañas. La ciudad es Betania, símbolo de la fortaleza de la Vida que trae Cristo. Nos indica también que Jesús va camino de Jerusalén.

Si contemplamos la gruta y la estructura de la composición nos damos cuenta que tiene forma de útero. El iconógrafo ha querido representar las entrañas de la madre que da vida, como fruto de este segundo nacimiento. Si nos fijamos en esta simbología podemos rememorar la misma en las pilas bautismales, que presentan este útero. Los cristianos somos sepultados en Cristo, para participar de su vida, del mismo modo que participamos de su muerte y resurrección.

Conclusión
En este camino cuaresmal son muchos los que se preparan para el bautismo de la noche del sábado, en la vigilia pascual. Todo el camino  "nos lleva a Betania y a Jerusalén, acompañando a Jesús, siendo escogidos por Él". Esta es la participación en la vida que nos regala Jesús, el bautismo, que nos conduce a la nueva Creación, la transformación de todo lo creado en Cristo. Signo de esto se da en la liturgia, que reproduce esta Nueva Jerusalén.

Autor: Daniel Rodríguez Diego
Recuperado 5 de abril 2019




viernes, 27 de marzo de 2026

Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor

Compartimos el sermón  de San Andrés de Creta, sobre el domingo de Ramos.
San Andrés nació en Damasco (Siria) a mediados del siglo VII. A pesar de la elocuencia que poseyó en su edad madura, se cuenta que hasta la época de su primera comunión, era muy poco locuaz.
Abrazó la vida monástica a los quince años de edad en el monasterio de San Sabas en Jerusalén, por lo que también es llamado a veces "San Andrés el Jerosolimitano" o "San Andrés de Jerusalén". 
Andrés de Creta fue un excelente compositor de himnos sagrados. Algunos de ellos se cantan todavía, dejando una huella perdurable en la divina liturgia bizantina.


Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos corno estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

Fuentes digitales: 
https://www.deiverbum.org/homilias-ciclo-a_semana-santa_dia-01-domingo-de-ramos/
https://es.wikipedia.org/wiki/Andr%C3%A9s_de_Creta